Toma asiento, ponte el babero, coge el cuchillo y el tenedor
y... ¡disfruta de la tradición!

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Pregón XXXII Jornadas, año 2006, Pepa Fernández.

Señoras y señores:

Un pregón suele ser un discurso elogios en el que se anuncia una fiesta y se invita a participar en ella. Se supone, por tanto, que yo debería hoy hablarles de la matanza y de las virtudes de su protagonista: el cerdo. Pero no voy a hacerlo porque, sinceramente, la relación entre el ser humano y este animal me parece una cerdada, con perdón. Como ustedes saben, esa relación viene de lejos, y siempre ha representado para nosotros un gran esfuerzo. Es decir, una faena. La Historia con mayúsculas ha hecho del cerdo un animal tan anhelado que comerlo ha sido sinónimo de pecar. Las religiones semíticas e incluso el cristianismo de los primeros siglos han considerado al cerdo como tentación prohibida. Ya me dirán ustedes si el esfuerzo de no comer su carne y sus derivados no es algo sobrehumano.

Por si fuera poco, crecemos escuchando el cuento de los tres cerditos. Ese cuento que premia el trabajo bien hecho, o sea, el del cerdito que construye su casa con ladrillos, sólida, indestructible. Mucho más cansado que hacerla de paja, la verdad…

También nuestros primeros ahorros van destinados a la barriga de un cerdo, depositados en ella por la ranura que se abre sobre su espalda. ¿Cómo habríamos aprendido a ahorrar si no fuera por los célebres guarritos que han guardado celosamente nuestras ilusiones? Pero ¡cómo nos costaba ahorrar entonces y cuánto nos sigue costando ahora…! Lo dicho: una faena.

¿Y qué podríamos comentar de la expresión: “he sudado como un cerdo”? Sin esfuerzo, no hay sudor que valga… Otra cosa distinta es sangrar como un cerdo que ahí ya no se requiere voluntad sino mala suerte. Comer como un cerdo también tiene su miga. Se necesitan disposición y buenas viandas que inciten a ello. Para garantizar lo de las buenas viandas, algunos viven continuamente esforzados. Por ejemplo, los amigos del Virrey Palafox que extraen del puerco, gorrino, marrano, guarro, cocho, cochino, cuino, chacho o tocino… lo mejor de su cuerpo serrano. Aunque del cerdo no se desprecia nada: “Desde la cabeza hasta el rabo todo es rico en el marrano”. O sea, una tentación de arriba abajo.

Y por si fuera poco, resulta un introductor magnífico para otros placeres, igualmente pecaminosos. “El pez y el cochino, la vida en el agua y la muerte en vino”. O: “Al torrezno de tocino, buen golpe de vino”. Y ya puestos: “Olla sin tocino y mesa sin vino, no valen un comino”.

Desde siempre se ha dicho: “jamón y vino, bálsamo divino”, “a la carne, vino: y si es jamón, con más razón”. O de forma escueta: “Carne de cochino, pide vino”. Queda claro, entonces, que el vino y el cochino no sólo riman sino que se arriman. Con lo cual, en este punto, el esfuerzo puede ser parar de comerlo y de beberlo. No en vano nos dice otro refrán: “Jamón empezado, pronto mediado; y jamón mediado, pronto acabado. Y ya saben: “Disfruta, come y bebe que la vida es breve”. Porque “quien bien come y mejor digiere, solo de viejo se muere”, que “en panza llena no hay pena y en panza vacía no hay alegría”. Y “si bien como y mejor duermo, no estoy enfermo”

Pero en pleno entusiasmo llega el esfuerzo. El esfuerzo de parar porque “comer y rascar todo es empezar”. Y eso que consejos no nos faltan:

“Si te regalan un guarro, guarda para todo el año”.
“Si te regalan un cerdo, come mucho pero siempre cuerdo”.
“Si te regalan un cochino, come mucho pero siempre con tino”.
“Si te regalan un marrano, no se te vaya la mano”.
“Si te regalan un gorrino, guarda algo para el vecino”.
“Si te regalan un puerco, no te pongas tan terco”.

Ya ven ustedes que tengo motivos para pensar que nuestra relación con el cerdo es una faena. Haberlos haylos. Pero hoy no es un día cualquiera. Así que olvídense del ahorro, de la mesura, del esfuerzo y de la contención y disfruten de la comida. Me permito acabar con un poemilla singular… que también me ha costado lo suyo rimar…

El marrano es animal
cuya carne se venera
y, como es natural,
la aprovechamos entera.
Del cerdo sale el tocino
para comerlo con pan
y para andar el camino
con los que vienen y van.
Sacamos también el jamón
y empieza ya siendo grato
cuando nos traen ese plato
al entrar en un mesón.
No olvidaré el salchichón
que viene en piezas muy largas,
y acabarlo de un tirón
da sensaciones amargas.
La morcilla es la de Soria
la de Burgos, la de Aranda,
la de León, la de Coria,
porque su fama se agranda.
Pero me gusta el codillo
para los días de fiesta,
que quiero hincarle el comillo
y echarme luego la siesta
Y saben que es cosa vieja
que del cerdo se aprovecha
inclusive hasta la oreja
(sea la izquierda… o la derecha).
Tan generoso se muestra
que incluso ofrece su mano,
así le llamen marrano
y no le demos la nuestra.
Nos gustan el jamón,
el tocino y la morcilla.
Y el lomo y el salchichón
nos saben a maravilla.
Y termino, que me pierdo.
Hablar así no me pesa.
Quiero aplaudir hoy al cerdo.
¡El rey de la buena mesa!

Pepa Fernández

Periodista y locutora de Radio Nacional de España

Si te regalan un guarro, guarda para todo el año”.
“Si te regalan un cerdo, come mucho pero siempre cuerdo”.
“Si te regalan un cochino, come mucho pero siempre con tino”.
“Si te regalan un marrano, no se te vaya la mano”.
“Si te regalan un gorrino, guarda algo para el vecino”.
“Si te regalan un puerco, no te pongas tan terco”.


Pepa Fernández

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